En política no hay casualidades, hay mensajes. Y en Morena, sus militantes deberían tener en claro el más reciente de la presidenta Claudia Sheinbaum que más que un llamado a la buena conducta, tiende más a un jalón de orejas a quienes desde el movimiento que tanto criticó a otros, hoy ya andan en campaña, aunque el calendario electoral aún no lo permita.
El mensaje es claro: no son tiempos de campaña, pero en los hechos, sí lo son y Morena lo sabe. Y los demás partidos lo saben también, sin embargo se mantienen a raya y más cautelosos, pero también se les cuecen las habas por iniciar su autopromoción.
La presidenta les dijo a quienes quieran ser coordinadores, precandidatos o candidatos y que hoy trabajen en los gobiernos, que dejen sus puestos y se vayan a trabajar en la política partidista, porque hacerlo desde el gobierno no se vale.
Sin embargo, aunque en el discurso se insiste en la disciplina y respeto a los tiempos legales, en el territorio los morenistas -sin importar la posición que ocupen- ya dejan verse, escucharse, se promueven en bardas y multiplican sus “encuentros ciudadanos” que casualmente tienen más sabor a campaña que a rendición de cuentas. Dicho de otra forma, el reloj electoral de Morena no solo está adelantado, va en modo turbo.
Y ahí es donde el discurso presidencial cobra relevancia política. No es menor que la mandataria refuerce el discurso ante esta efervescencia anticipada. Lo hace para enviar varias señales: hacia adentro, para contener a los adelantados y hacia afuera, para cuidar la narrativa de legalidad y ahí se dirige a los ciudadanos para enviar el mensaje de que hay orden, aunque en la práctica el desorden ya lo pusieron los anticipados.
Seamos francos: en la política mexicana pedir que alguien no se adelante es como decirle anticípate. El problema no es solo de forma, es de fondo. Adelantar los tiempos no es un pecado nuevo, pero sí tiene consecuencias que pueden ser muy caras.
Primero: desgasta a los perfiles antes de tiempo.
Segundo: distrae a los funcionarios y los gobiernos en funciones que deberían estar resolviendo problemas y no construyendo candidaturas.
Tercero y el más delicado: manda el mensaje de que las reglas son flexibles o que las legislaciones les pelan los dientes.
Y aquí es donde el discurso choca con la realidad, porque mientras se pide prudencia, hay estructuras operando. Mientras se habla de esperar los tiempos legales, hay estrategias en marcha para liderar las encuestas. Y mientras se invoca a la ética política, hay quienes olvidan las buenas conductas.
A estas alturas, a más de un año de las elecciones, pero con los tiempos encima ante la llegada de las encuestas ¿realmente alguien va a frenar la autopromoción de las y los políticos? La historia dice que no.
Morena, como partido dominante, enfrenta el mismo dilema que antes criticaba: el poder genera prisa. Y la prisa, casi siempre, atropella los tiempos institucionales y adelanta los tiempos electorales.
Entonces el llamado de la presidenta ¿dónde queda? Ya veremos si aquellos que tanto dicen respetarla y admirarla le hacen caso o simplemente harán oídos sordos.
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