Al Confesionario han llegado en las últimas semanas bastantes mensajes de enojo, inconformidad, desesperación e incluso alguno que otro recordatorio familiar —mentada—, tras la nueva forma de quejarse de los poblanos. Amparados en la libertad de expresión y de manifestación, el cierre de calles, autopistas o carreteras federales es lo de hoy en el estado.
La semana pasada fueron los representantes de los pueblos originarios; hace algunas semanas, habitantes de Santa Rita Tlahuapan, Atlixco y Coronango, por supuestas desapariciones de personas o cuestiones de seguridad. Este jueves, los habitantes de Xoxtla desquiciaron la autopista México-Puebla por un pozo de agua.
Todos estos cierres han representado cuantiosas pérdidas económicas: mercancía echada a perder, cancelación de citas médicas, laborales o escolares, pérdida de vuelos o de negocios. Todo, sin ningún recato por parte de los manifestantes.
Y eso sin contar los cierres de calles en la capital poblana, por estar en desacuerdo con algún programa de gobierno o por organizaciones como la 28 de Octubre, que reclama volver a tener espacios para lucrar con la gente.
Y si bien en el Confesionario no nos oponemos al derecho de manifestarse —nuestra Constitución lo garantiza—, sí cuestionamos por qué no existe la conciencia de no afectar a terceros, quienes nada tienen que ver con las demandas, sean válidas o no.
Definitivamente, algo anda mal en nuestra sociedad. No solo en Puebla, sino en todo el país, donde el enojo social crece y lleva a tomar medidas como los cierres de vías de comunicación, con todas las consecuencias que ya hemos señalado.
Ojalá volvamos a privilegiar el diálogo sobre todas las cosas y entendamos que compartimos un mismo espacio, un mismo ambiente, y que de nosotros depende que las condiciones mejoren y se reflejen en nuestra vida diaria.





