-Su legado permanece en el recuerdo de familiares, amigos y conocidos

Por Rubén Díaz Avelino

Hay hombres que viven, pero hay hombres que disfrutan vivir. Más aún, hay hombres que viven y disfrutan vivir.

Más aún, hay hombres que viven, que disfrutan vivir y ayudar no sólo a los demás, sino a seres que no pueden depender de sí mismos, ni pedir ayuda o comida y requieren del corazón y la resilencia de los humanos para la dignificación de su vida, como los perros.

Vicente Rubio fue un hombre que aparte de trabajar en la BUAP como locutor y también participaba con su proyecto Te Echamos una Pata, dedicó parte de su vida a llevarse bien con todos, era empático, pero detrás de sí, lo empujaba una misión superior, su amor por ayudar a los perros y a las personas que necesitaban ayuda para el bienestar de sus mascotas.

El Gordo, era el perro que tanto quiso como a un hijo, así como uno de los pioneros y creador junto con su gran amiga Amelia, del proyecto «Te echamos una pata».

Como entrenador de perros logró que su vida alcanzara un objetivo que le nació años atrás y cumplió con la misión, vivir para ayudar.

Hace poco se llevó a cabo la presentación de un libro que es el testimonio de su vida, pero también de su legado, lo cual fue posible gracias a su hijo Vicente Rubio Fonseca.

No vivió en vano, por eso en la BUAP le hicieron un homenaje que agradecieron propios y extraños, tan extraños y no tan extraños, como los perros y perras de quiénes cuidaba y alimentaba, y entrenaba como la historia de un perro desde que estaba en el mismo vientre de su madre.

Y es que desde antes de que nacieran el cuidaba a esos seres peludos y enanos que son tristes y son felices, pero sobre todo que son compañeros y aman más a las personas que a sí mismos.

En la presentación del libro titulado D´Canes, y en su ausencia porque durante la pandemia el cáncer que lo tuvo preso, murió, pero nunca dejó que la enfermedad lo venciera, por eso, casi hasta el mismo instante de su fallecimiento supo que su vida había sido útil.

La resilencia que demostró siempre contagio a propios y extraños y a partir del cuidado de las mascotas de familiares, amigos y conocidos, logró establecer un testimonio propio y digno de ser reconocidos socialmente.

Vicente Rubio visibilizó las necesidades de los canes, como el también les llamaba, y se involucraba en sus necesidades y enfermedades, desde el momento en que conocía a los dueños y amigos de los perros, se involucraba con amos e involucraba el gran anhelo y compromiso con la vida y con el bienestar de las personas y de sus mascotas.

Ahora ya no está, pero sigue presente, como su testimonio y las palabras de ánimo que tenía incluso en el peor momento de las personas con las que interactuaba y con él mismo, siempre con una sonrisa, aun cuando el cáncer le ponía las pruebas más difíciles que enfrentan las personas con esa dolencia y esa responsabilidad.

Porque para Vicente Rubió, el cáncer fue una enfermedad, pero también una oportunidad para vivir una vida útil y feliz y de compatibilidad.

Su misión era un ejemplo muy alto del sentido de la pertenencia, se pertenecía a los demás, porque se entregaba así fueran sus peores momentos, en los que buscaba que fueran los mejores momentos para sus interlocutores.

Por eso insisto que si vida fue útil, necesaria y maravillosa.

Los abrazos que daba como oso, y los que enviaba por el WhatsApp de un dispositivo por motivo de la sana distancia de la pandemia, siguen vivos, siguen vigentes y juegan de un lado al otro como un recuerdo insistente que brota una y otra vez en las paredes de la mente del recuerdo de las personas como un perfecto y permanente movimiento perpetuo.

Así lo recuerdan quienes lo conocieron, no puede ser de otra manera.

Largo recuerdo a quien aún está presente.

Vicente Rubio está presente.

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